La familia Roca

Hace unos días me hablaron de una familia conocida por medio mundo. Una familia que por lo que me habían contado tenían muchas cosas que esconder. Vivían en Barcelona, concretamente en la Avenida Diagonal, una de las avenidas más importantes de la Ciudad Condal. La familia Roca. Ese nombre no dejaba de hacer eco en mi cabeza.
Mientras, a 42 km de Barna, me preguntaba si algún día conocería a esa familia de la que todo el mundo hablaba y que me despertaba tanta curiosidad. Vilanova i la Geltrú era el pueblo donde yo me hospedaba. Un pueblo con una amplia historia marinera y una gastronomía exquisita y reconocida a su vez. Allí me encontraba yo, dándole vueltas y vueltas a todo lo que me habían contado de esa familia. Mi afición por la investigación y el oficio detectivesco así como sus películas, hacían que me plantease ir dirección a la ciudad engalanada por Gaudí.
Pasada una semana desde que me habían hablado de esa familia me fui camino de la estación del pueblo. Tras veinte minutos estaba en la Estació de França. Ya estaba allí.

Nada más salir por la puerta vi una gran avenida que a mi derecha acabaría en el Parque de la Ciudadela, del cuál me habían hablado muy bien y algún día volvería para visitar. Era, aunque sonase extraño, mi primera visita a la ciudad y no iba para hacer turismo. Pensaba en una investigación que me llevase a los periódicos más importantes del país. Todo el país conocía a esa familia pero… ¿Por qué nadie se había puesto manos a la obra en investigar hasta la fecha? Todo eran un cúmulo de grandes preguntas sin resolver. A la puerta de la estación había varios taxis, asique cogí el que estaba en cabeza:

– ¿Dónde va señor?
– No me trate de usted, que no soy tan mayor.  -le dije al taxista- A la Avenida Diagonal, 513, por favor.

El hombrecillo asintió y me dejó en la dirección que le había facilitado. Le pagué a regañadientes como buen catalán y me despedí con educación. Decidí sentarme en un banco que había a escasos cincuenta metros y empecé a observar el edificio. Un edificio acristalado, elegante y alto, con ocho plantas que le hacían voluminoso. Era sin duda el edificio de la familia, por el nombre que lo indicaba a la entrada. Era como si en esa casa viviesen nueve familias, una por planta más el bajo que también parecía tener un espacio con habitaciones. Lo intuía por las ventanas, pero no dejaba de ser extraño. Todo allí lo era. Salían y entraban furgonetas sin parar, lo mismo que la gente del portal que había al lado perteneciente al mismo edificio. No parecía que hubiese rastro de la familia Roca y si lo había, se me habían conseguido escapar. Según me habían contado iban siempre de punta en blanco, y la gente que transitaba el edificio no tenía esa característica.

Decidí adentrarme en el edificio a curiosear. Abrí la puerta de la entrada y a la derecha había una puerta de una habitación entreabierta. Entré preguntando por la familia Roca y un hombre me indicó a la octava planta con una sonrisa forzada. Salí de aquella habitación y cogí el ascensor que había al final del portal. No podría tener tantas cosas que ocultar esa familia de que me habían dejado acceder tan fácilmente a ellos, sin ni siquiera preguntarme como me llamaba. ¿Me habrían engañado al contarme cosas de esta familia?

El ascensor se paró y abrió sus puertas. Enfrente había un mostrador con tres personas con ordenadores que no paraban de almacenar información. No dejaban de teclear y mirar amplias facturas. Aquello ya me iba cuadrando más con lo que me habían contado. De una de las habitaciones que había en esa planta salió un hombre encamisado y con una sonrisa un poco menos forzada que el señor que me había hecho subir hasta allí. Le pregunté por la familia Roca, me hizo un gesto con la mano indicándome que lo siguiera y lo hice. Entramos a una gran sala y allí estaban todos reunidos. Cabe decir que eran familia numerosa los progenitores y los descendientes. Nunca había visto una familia con tantos miembros y tan unidos.

De todos me había impactado uno de los miembros especialmente por sus características y por sus rarezas. El señor Roca, el patriarca, al cual me acerqué. Era rudo, con unas espaldas anchas, una buena barriga y unas piernas que tampoco eran de haber practicado deporte. Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado, contemplando la habitación en la que se encontraba en ese instante. Además era un hombre comprensivo y atento que estaba ahí para cualquier urgencia. Hacía ruidos extraños, como si le molestase el silencio. Me alegré de estar allí haciéndole una visita inesperada. Era como una paz interna, uno de los mayores placeres de la vida. Estuve un rato observándole y como sólo se limitaba a observar, me dio por leer Facebook. Seguía observándome, pero no me incomodaba. Tanta era la paz que sentía en aquel momento que puse un estado en la red social del Caralibro: “Me siento maravillosamente”. El señor Roca me miraba sin apenas hacer gestos de molestia, como si pudiese seguir allí el tiempo que quisiera. Me sentía como en casa. Entonces fue cuando me di cuenta que aquel chico encamisado que me había guiado hasta allí seguía ahí, mirándome. Había estado tan agusto que me había olvidado del resto de la familia Roca y todo lo que le rodeaba. ¿Me habría enamorado?

Decidí tirar de la cadena y me marché con una satisfacción de haber conocido el lugar principal donde iban a esconderse todos los deshechos que salían de nuestro cuerpo. El punto negativo es que el dependiente de la tienda de váteres y complementos de baños me había visto la pichurra, pero no importaba. Entre el viaje y los nervios de haberme imaginado a la familia Roca como personas mafiosas reclutándome para hacer sus encargos, me habían entrado unas ganas de orinar terribles. Allí estaba yo subiéndome la bragueta después del final de la investigación más ridícula que un detective podría hacer nunca. Pero no iba a ser todo malo, ya que no me había llevado mucho tiempo descubrir tal cosa, asique iba a aprovechar lo que restaba de día para visitar la ciudad. Tras esto volvería al pueblo, donde seguro que si se enteraran de mi investigación pondrían en el balcón del ayuntamiento una pancarta: “Pepe Lotudo”, y con razón. Entonces no saldría en los periódicos más importantes del país, sino en los locales, y tendríamos risas hasta el próximo solsticio de verano. Qué tonto había sido, y si, me llaman Pepe pero no me había parecido relevante contároslo antes.
A partir de hoy me podéis llamar Pepe Lotudo, como si fueseis argentinos tartamudos.

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Algunos prefieren disfrutar por encima de todo el mundo, yo prefiero que disfruten los demás.

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