A mi abuela

Querida abuela:

 

Y tan querida. Te escribo a capas, a kilómetros y posiblemente a años de distancia. ¡Qué jodido!

Aunque quizá suene a tópico, te fuiste cuando no te tocaba irte. Hasta mínimo los 80 debería estar prohibido que nadie se fuese, a menos que hubiese cometido muchas injusticias, y no era tu caso. Aún te quedaban 2 nuevos miembros de la familia por conocer y unos añitos por disfrutar. ¡Qué putada!

Te admiro, no sé si alguna vez te lo dije. Luchaste dos veces contra el cáncer; una vez saliste vencedora, la otra entraste en pódium. Luchaste hasta el final con todas tus fuerzas, hasta que se te agotaron. Ponías tu mejor cara para desfilar tus mejores sonrisas en la pasarela de las injusticias. Sonrisas que por dentro significaban: “Estoy agotada de luchar”. Pero seguiste intentándolo por nosotros. Te admiro porque tu vida ha sido un ejemplo de buscarse la misma, de tirar para delante, de luchar contra todo y de construir castillos de felicidad.

Un día como hoy la vida provocó en forma de 28-F un atentado contra nuestra felicidad. Te alejó de nosotros. ¡Qué puta la vida!

Recuerdo que ese día no me levanté cuando sonó el despertador de la cama porque tenía un dolor en la barriga repentino, punzante. No habían pasado ni veinte minutos cuando sonó el teléfono de casa. En cuanto sonó, yo ya sabía el motivo. Te habías ido. Aún así me autoengañaba: “Serán cosas mías”.

De repente no hizo falta seguir autoengañándome cuando mi padre me dijo: “Sergio, haz la maleta que nos vamos”. Esa es otra, que vivieras tan lejos era otra gran putada que se le había antojado a la vida y al destino.

Yo quería seguir autoengañándome de que todo esto podría ser un sueño, pero no. El cristal del coche empañado y mojado en lágrimas empezaba a confirmarme que a lo mejor era verdad. Vaya que si lo era. ¡Qué jodido!

Empezaba a quedarme sin aire del disgusto. De repente estaba a tu lado, porque tú ya te habías ido del mío. Separados por un cristal nuevamente empañado mientras abrazaba al abuelo que no paró ni un segundo de mirarte. ¿Sabes? El amor de ahora no tiene nada que ver con el de antes. Puedo corroborarte que alguien que actualmente ha querido acompañarte allí arriba para que no estés sola, te ha querido desde el primero hasta el último momento en que te vio. Que os separaseis vosotros dos me rompió más aún el corazón, porque no había más felicidad que la vuestra cuando estabais juntos. Me consuela que hace unos meses os volvisteis a juntar. Y digo me consuela no por mí, sino por vosotros. No podíais ser el uno sin el otro, como las piezas de un puzzle.

Te contaría mil cosas abuela, pero no quiero aburrirte más. Sólo te diré que no hay un sólo día en el que no piense en ti por las noches, que a veces miro al cielo buscando un guiño tuyo y que los que estamos, estamos bien. Podríamos estar mejor, porque ahora estamos incompletos, pero algún día nos volveremos a reunir.

Me enseñaste la cara B de la vida y como echarle valor. Contigo aprendí que hay que luchar por lo que se quiere siempre acompañado de los tuyos. También me aprendí los pasillos oscuros del hospital y no me arrepiento porque te merecías todas las horas que pasamos contigo allí y mucho más. Al menos me queda el consuelo de que no volverás a sufrir como lo hacías.

Me quedo con tu energía, con tu lucha, con tu sonrisa contagiosa, con el don de darlo todo por los que quieres y con tu mejor recuerdo.

Lo siento por no haber podido ir a despedirte un mes antes de que te fueras. La realidad es que fui un cobarde y llegó un momento en el que me pudo el sufrimiento. Quizás ahí te fallé, así que perdóname esa cobardía. Si pudiera volver atrás iría y no pararía de abrazarte. Me queda esa espinita. Aún así tú no lo tuviste en cuenta acordándote de mi cuando te estabas apagando.

Gracias por haber formado parte de mi vida, abuela. Y perdona por llorarte una vez más, te prometo que te recuerdo sonriendo cuando hablo de ti, aunque me cueste acostumbrarme a tu ausencia.

3 años, 36 meses, 157 semanas, 1.097 días, 26.328 horas, 1.579.680 minutos y 94.780.800 segundos sin ti. No me acostumbro. Pero te seguiré sonriendo al cielo cuando nadie me vea.

 

 

 

Felicidad, qué bonito nombre tienes.

 

 

Te quiero, aunque quizá nunca te lo dije.

 

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Algunos prefieren disfrutar por encima de todo el mundo, yo prefiero que disfruten los demás.

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