La chica de Covadonga

He de comenzar mi primera entrada (y ya adelanto que no será la última) diciendo que para nada soy un romántico, ni mucho menos. Posiblemente soy de esas pocas personas que cuya única “novia” consta de los primeros años en el colegio cuando los amores duraban dos o tres días (de ahí las comillas) y que no se ha comido un rosco en lo que al amor se refiere en esta vida.

 

Durante los diez años en los que llevo veraneando en tierras asturianas sólo visité Covadonga el primero, cuando era todavía un pipiolo cuya única preocupación era jugar a la Nintendo y ver la jornada de la Liga los fines de semana. Y en Covadonga se sitúa nuestra historia, diez años después de la primera visita.

En una de esas tardes nubladas a la par que agradables en Asturias, nos dejamos caer por allí, ya que teníamos ganar de volver y la pareja de amigos con la que siempre veraneamos lo conocía de oídas y por fotos. Con la catedral de fondo, a la hija de nuestros amigos (siempre a la moda de las redes sociales) se le ocurrió que los dos nos hiciésemos una foto imitando el dab con el que Pogba celebraba por aquel entonces sus goles.

 

En esto que, al acabar la foto, una inconfundible risa desvió nuestras miradas hacia atrás. Una chica rubia y más o menos de mi estatura que pasaba por allí junto a su hermano no paraba de reírse e imitar nuestro gesto del dab. “Que graciosos, gran idea para una foto”. Posiblemente la chica no sería la más guapa del mundo, pero durante ese momento en el que hablamos con ella a mi sí me lo pareció. Me gustó sí, he de reconocerlo y durante nuestro paseo por allí nos la cruzamos con su familia varias veces y yo, como buen bobalicón que soy, no la dije nada.

Un tonto muy tonto con una grande haciendo el dab, y la chica (de verde y vaqueros cortos) en cuestión y su hermano (?), a la derecha.

Pero la señorita Aída (la hija de nuestros amigos, digamos su nombre ya) no es tonta ni mucho menos y se pispó de mi situación. Así que, mientras estábamos sentados como los reyes de aquel lugar encima de uno de los dos grandes leones de mármol que custodian el lugar, y la chica observaba un cartel a lo lejos se le ocurrió una brillante idea: “Que maja la chica, tenemos que decirle que haga una foto haciendo el dab con nosotros”.

 

El plan era el más sencillo del mundo. Con la foto, yo aprovecharía para pedirle su número como excusa para enviársela. Una foto que nunca tuvo lugar. En un instante desapareció. Se esfumó delante de nuestras narices. Desistí, diciéndome a mi mismo que esa historia que me había creando se había terminado. Pero como si Stephen King hubiese escrito uno de sus finales, bajando hacia el aparcamiento, a lo lejos la localicé y todo se paró mientras nos saludaba antes de entrar a su coche. La chica se había fijado en nosotros, se había fijado en mí; siendo posiblemente esa la última vez que la viese y la veré jamás. Y me quede con cara de tonto, como cuando a tu equipo le marcan en el último minuto (si no uso de referencia el fútbol no soy yo).

 

 

“Un nuevo capítulo de decepciones (amorosas en este caso) que añadir al libro de mi vida.” -QQ

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Quique Mari Leiva

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