Cumpleaños para dos

Anterior capítulo:

Un desayuno cortado

 

Hola chicos… ¿Aún seguís ahí? Soy yo de nuevo. Marco, el incansable, el imbatible. 

Perdonad que haya estado tanto tiempo desaparecido, he estado dándole cariñitos a mamá. Desde que desapareció el cansino al que ya todos y todas conocéis, no ha dejado ni un sólo día de estar ausente. Soy su única distracción, por eso me río a carcajadas cuando intenta hacerme reír aunque no tenga ninguna gracia. He comprobado que cuando sonrío, lo hace ella conmigo. Me toca hacerla sonreír. 

Espera, espera, espera… estoy empezando a ser un poco moñas y empalagoso, con lo que detesto yo eso. Así que vamos a pararlo

. Lo cierto es que cuando mamá está conmigo se olvida de sus preocupaciones, como os decía, pero antes de dormir siempre mira la foto de ese hombre. Lo sé porque alguna vez entre pestañeo y pestañeo lo he visto. Durante el día, mientras mira la tele, tiene la mirada perdida; cuando come, mira a un punto fijo todo el rato; por las noches, por muy rendida que esté, da muchísimas vueltas en la cama y tarda horas en dormirse. Además se le ha quemado algo de comida varios días, que lo he olido de lejos y lo he visto de cerca. 

El único momento que mamá consigue dejar de hacerse preguntas y buscar por qués a, supongo, todos los acontecimientos de su vida es cuando llamo su atención. Lo estoy intentando hacer más de lo normal, pero me pongo triste yo también al verla así. Ojalá pudiera hacer algo para verla disfrutar.

 

Julia había salido a comprar a una tienda cercana unos pañales para Marco, que había empezado a oler un poco mal. Se había asegurado de cerrar bien todas las ventanas y la puerta de casa, por si tenía la intención de abrirlas sin su presencia. De paso, aprovechó para comprarle ropa puesto que con su rápido crecimiento toda la ropa se le quedaba pequeña. Era el segundo cumpleaños de Marco y regalarle sólo ropita se le quedaba insulso. Decidió darse una vuelta por la tienda y vio una estantería con un montón de peluches de la que eligió un Pingüino. Marco, al igual que ella, tenía debilidad por esas aves de graciosos andares.

Le pidió a la dependienta de la tienda que le envolviera los regalos y subió a casa de nuevo. ¿Qué haría el pequeño?

¡Sorpresa!

Allí estaba Marco en el sofá, muerto de la risa, haciendo la ‘croqueta’, cagado de arriba a abajo literalmente, y sin pañal. Se lo había quitado y lo había tirado al medio del salón. Se había paseado con su caca por todo el sofá manchando la funda que lo cubría. Julia limpió a Marco, metió la funda del sofá a la lavadora y le dio sus regalitos. A la ropa, como era de esperar, no le prestó atención. Puso mucho empeño para desenvolver los regalos y se fijó especialmente en el Pingüino, o ‘pinino’ como él decía. Julia, como amante que era de todo el mundo que rodeaba a estos animales, decidió llamarle Sphenis, acortando el nombre familiar que adoptan éstos (Spheniscidae). El pequeño lo terminó de bautizar con su pronunciación inocente. Para Marco sería ‘Félix’, él mandaba.

Después lo puso guapo, le echó colonia de esas que siempre huelen a bebé y se lo llevó de paseo.

 

Con lo bien que me lo estaba pasando sólo en casa ya ha llegado mamá para cortarme el rollo… ¡Qué aguafiestas son estos adultos!

Al menos así aprenderá que no me gusta estar lejos de ella. Esto ha sido un pequeño avance de lo que Marco puede llegar a divertirse cuando le dejan como dueño y señor de algo. No me gusta estar lejos de mamá, pero este ratito ha tenido su gracia.

¡Qué bien, tengo un nuevo amigo! Se llama Félix y seguro que tiene tantas ganas de hacer travesuras como yo, aunque espero que aprenda pronto que aquí manda Marco. 

Después de estornudar unas pocas veces debido a los trescientos litros de colonia que me han echado encima, me voy de paseo. Hoy si quiero ir de paseo, cumplo dos añitos y no hay nada mejor que estar con mami. ¿Dónde iremos?

 

Julia tenía pensado llevar a Marco a jugar a un parque de bolas, pero recordó que hace unos días una vecina le dijo que había ido a un sitio ideal para pasar el día en familia. No le dio más detalles, le dijo que si se fiaba de ella y quería disfrutar de un día diferente, fuese a una dirección que le adjuntó. Julia decidió cambiar el plan, total, si no le gustaba siempre podía volver al plan A. Al llegar allí, Julia y Marco se miraron sorprendidos y abrieron la boca expresándolo al unísono. ¿Cómo no podía Julia haber sabido antes de la existencia de ese lugar?

 

¡Ala! ¡Pero que sitio tan guay! Acabamos de salir de una especie de casa gigante que desde fuera no parecía tan grande, pero al entrar es como si lo hubiésemos hecho en otro mundo. La casa no tiene habitaciones; tiene un pasillo gigante, alto y ancho, lleno de enredaderas con árboles y flores coloridas a los lados. A mitad del pasillo tiene como una rotonda que es presidida por un lago en medio y de ella salen tres pasillos más. Cada pasillo tiene un tipo diferente de animales. Uno tiene reptiles, otro mamíferos, otro anfibios, otro aves y, en la rotonda que os he dicho, están los peces. A mí se me ha hecho cortísimo el camino, no sé si será porque iba en el carrito sin gastar energías. Estamos alucinados mamá y yo, queremos volver. Es la primera vez en mucho tiempo que la veo sonreír y me alegra que haya sido el día de mi cumpleaños. Ojalá a partir de ahora cuando le de por pensar sólo recuerde esto que acabamos de ver.

Un momento…  ¿Qué hace ese hombre haciéndole una foto a mamá mientras me da agua? Voy a decírselo a ella, porque nadie tiene derecho a tener una foto de mi madre.

 

Marco llamó la atención de su madre y, sin mediar palabra señaló a un hombre que caminaba aparentemente tranquilo por detrás de ellos. El hombre vio al niño señalarle y le sonrió, y Julia lo hizo también. Le gustaba ver gente tan atenta con su niño.

Después, madre e hijo volvieron a casa satisfechos, se notaba en sus caras la relajación acompañada de media sonrisa. Se pusieron a ver la tele y a jugar. Julia le hacía pedorretas en la barriga al pequeño, que reía a carcajadas y se le caían las lágrimas de ello. De repente, sonó un golpe seco en la puerta y tres timbrazos rápidos y seguidos…

 

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Algunos prefieren disfrutar por encima de todo el mundo, yo prefiero que disfruten los demás.

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