Inocentes, no ignorantes

Recuerdo cuando era pequeño y mamá me dejaba en la puerta del colegio, me daba ese monedero de cremallera a ambos lados que contenía siempre veinticinco pesetas y me besaba como si nunca más me fuese a ver. De mayor, con un poco menos de inocencia, lo estoy entendiendo todo.

 

Porque la primera vez puede ser la última y la última a veces siempre es la penúltima.

 

Con esas veinticinco pesetas me comía yo un Donuts de Mariano, que aún sigo añorando en tierras contaminadas. Inocentes, pero no ignorantes, sabíamos la hora y el punto exacto donde pararía a deleitarnos con su bollería exquisita. Había que andarse listo para no quedarse sin almorzar.

 

Esos días veraniegos en los que mi rutina era mi felicidad. Salíamos al parque del barrio todos los allí cercanos, jugábamos a las canicas, al fútbol, a polis y cacos, al escondite, a subirnos al árbol, a los San Fermines (los 7 días que duraban), a toros (los días restantes), a la peonza, al pitel, a las chapas, a la Gameboy, a tierra y un largo sinfín de juegos inventados por el ingenio de niños inocentes, pero no ignorantes. Porque no teníamos noción del tiempo, pero yo sabía que cuando mamá me llamaba dos veces por la ventana para ir a casa, no debía esperar a la tercera si no quería tirarme algún día castigado en casa viendo a mis amigos disfrutar a través de un cristal.

 

Lo que ahora irse de vacaciones es desconectar de todo lo que te ata, antes, cuando iba con mis padres era alejarme de mi ‘zona libre’ y echaba de menos lo que dejaba atrás por kilómetro avanzado. Inocente, pero no ignorante. Porque yo sabía que la familia siempre sería lo primero, siempre estaría ahí y había que estar con ellos (aunque siempre fui un poco a mi aire, sin rumbo).

Hoy en día parece que entre las tecnologías que los aletargan y la gente sin alma, los niños nunca podrán vivir la felicidad plena que vivíamos los que pertenecemos a la última década del siglo pasado.

 

En el último mes, nos ha inundado la tristeza con el caso de Gabriel, quien fue asesinado por la pareja de su padre.

A esta noticia, se le unió días después la del parricida de Getafe. Jose Alberto Gálvez ahogó a sus dos hijos (Marina,8; Alejandro,13) en una bañera, los depositó sobre sus camas y quemó la habitación. Aún, amigos suyos intentan restarle importancia “Se volcaba con sus hijos y era un padre ejemplar”. Y una polla. Vamos a hablar mal, y me vais a comer los cojones, amiguitos.

Los niños son inocentes, no ignorantes. ¿Qué se le pasa por la cabeza a alguien que esta ahogando a sus hijos, ve sus caras de sufrimiento y se mantiene insensible?

 

Sigamos hablando mal, vaya puta mierda de ley. Somos el humor de las cárceles mundiales. En Guantánamo metía yo a esta gentuza.

Lo peor de todo esto, es que como la ley los ampara siempre, estamos perdiendo el control. Cada vez se dan más casos de desapariciones de niños. El viejo dicho del hombre desconocido que te da un caramelito, vuelve a cobrar vida con más fuerza que nunca.

 

Pero esto no es todo. Luego hay niños de raza negra que se tienen que ir de un parque porque niños de raza blanca no les dejan jugar. Y aquí es donde deberían actuar los padres de estos niños (los principales culpables de estos comportamientos) y hacerles a sus hijos saber que los patitos feos son ellos, porque son racistas.

Todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero esto espero que lo lean cuando sean mayores. Aunque bueno, que se lo pregunten a los niños de Siria que igual discrepan de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sirva para algo.

 

Más tarde, otra vez en Getafe, tres trabajadoras de un colegio son denunciadas por el trato vejatorio y la permisión de éste a un niño autista. Graban, quedan patentes las burlas hacia el niño, y Educación dice que no ha pasado nada. Pues hagamos oídos sordos a los abusos y abusémonos entre nosotros.

¿Qué clase de valores y educación pretendemos inculcarle a los niños?

Los abusos y el maltrato psicológico no matan a nadie directamente, pero puede que un abusado quizás algún día decida quitarse la vida por su cuenta.

Vamos a tener un poquito más de tacto y a dejar de callarnos siendo así cómplices del maltratador.

 

 

Dejemos a los niños vivir su niñez.

Dejemos a los peces nadar.

Que los tiburones se enfrenten a las ballenas.

Que los peces payaso jueguen con los peces cirujanos.

Que los niños vuelen alto y jueguen mucho.

Que sueñen todas las noches y que las pesadillas sean cosas de las películas de miedo.

 

Todos somos Yeremi.

Todos somos Madeleine.

Todos somos Gabriel.

Todos somos Amy.

Todos somos Mari Luz.

Todos somos Marina.

Todos somos Alejandro.

Todos somos vuestros amigos, valientes.

 

“Todos somos un poco niños en nuestro interior. Juguemos a ser mejores. Unámonos al unísono.” -S.F

 

 

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Algunos prefieren disfrutar por encima de todo el mundo, yo prefiero que disfruten los demás.

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